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Llegas a un punto donde nada te llena, todo es tan vacío, y alrededor hay un silencio devastador.
Donde esas cosas que tanto deseabas de pequeño ya no pasan por tu mente, donde las cosas que querías que te dieran tus padres y nunca pudieron, puedes comprarlas hoy mismo, pero no, las cosas con el tiempo ya no tienen el mismo valor.
Y te preguntas ¿Qué sigo haciendo aquí?. Y la respuesta es la misma de siempre, una incógnita.
Te das cuenta que ese vacío es en sí por la vida, no por amor, no por soledad, no por falta de placer.
Por que has amado como nunca, has estado rodeado de tanta gente que a veces el único que hace falta es uno mismo y has estado en varias pieles que ya no recuerdas en donde fue la última vez que besaste un lunar sin ver el reloj.
Pero hay instantes tan cortos como una tarde junto a la persona que quieres y también instantes tan largos como el dolor que te persigue cuando la muerte llega con alguien que querías.
Compartimos el dolor más que a la felicidad, porque cuando todo va bien el alma está en su sitio, pero cuando todo es una mierda el alma se nos va, y al parecer, escribir pospone su partida para otra ocasión.

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